- Modos de Ver Nro 04

Tocar en orquesta

Escrito por Rosario Arce

¿Hasta qué punto un grupo de partículas individuales puede constituir una unidad tan mágica como una pieza de música clásica? Estas partículas son los músicos, coordinadas por un director en pos de crear algo irrepetible, exquisito y plausiblemente cautivante. Tocar en orquesta es una experiencia muy diferente a todas las que el ser humano pueda vivir. Los detalles de una fugaz sensación musical en esta nota.

Una orquesta puede abarcar varios tipos de géneros como lo son la ópera, el ballet y las oberturas. Puede adquirir distintas formas como las sonatas, los conciertos y las sinfonías. En cualquiera de dichos casos, lo que se produce es música, delicado combustible que el alma de millones de espectadores argentinos elige incorporar a sus vidas. Las cuerdas, las maderas, los bronces y la percusión, son las cuatro grandes áreas que componen una orquesta desde los tiempos barrocos hasta la actualidad.

Pero dejando de lado sus elementos constitutivos o sus cualidades técnicas, la experiencia de tocar en orquesta y preparar un espectáculo para un público es un pasaje único en la vida de un músico.

Osvaldo Gossweiler, fue violista en el Teatro Argentino de La Plata durante treinta y cinco años, y ha decidido definir al conjunto de emociones experimentadas al momento de tocar como mágicas y adictivas: “Se lleva a cabo un intercambio, una comunión en sintonía con el espectador que es difícil de explicar a través de las palabras. Lo mágico es observar una experiencia distinta del tiempo; en un ensayo, al momento de leer una partitura nueva, es necesaria una actividad meditativa que nos involucre plenamente con el aquí y ahora. La música pasa velozmente como en una carretera y debemos estar pendientes de no dejar ir ni una nota, conectarnos con los compañeros y seguir el tiempo del director. Se trata de una adrenalina que no se sufre, sino que por el contrario se disfruta. Es el trabajo por el que vivimos los músicos: generar algo en nuestro público, llevarlo a otro mundo. Un momento tan inexplicablemente mágico que nos resulta adictivo”.

La orquesta constituye un organismo vivo que late y necesita a cada una de sus células comprometidas en un acto de entrega para funcionar adecuadamente. Una pieza de Mozart requerirá un estimado de treinta y cinco músicos, una de Beethoven cuarenta, y una de Wagner noventa. No es necesario conocer a todo el equipo y saber sobre la vida personal de los compañeros, pero sí estar de acuerdo en generar un producto de comunicación artística de gran calidad.

Más allá del aura mágica de la orquesta, la perfección técnica es un ingrediente que los músicos persiguen de la mano de incesantes ensayos, fundamentales para evitar los errores en el vivo. Los accidentes y las fallas pueden pasar desapercibidas para un instrumentista de fila, pero pueden deteriorar el resultado final de la pieza en el caso de un solista. Existe un componente de presión profesional que tiene que ver con sostener un nivel técnico a la altura de los requisitos artísticos de la orquesta representada. Se trata de un ambiente competitivo y muy crítico, en el que cada profesional se somete al juicio de los compañeros, del director, y sobre todo a la auto exigencia insaciable de lograr la perfección por el amor a la música.

Es por ello que el acceso a la orquesta es muy complejo. Se solicita un concurso de exposición de mérito y antecedentes altamente riguroso. Pero cada instancia vale la pena si se piensa en el momento de saciar esa adicción a la experiencia orquestal: la posibilidad de estar inmerso en una creación que le está cambiando la vida a alguien por un instante.

violin

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Rosario Arce

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